martes, 15 de mayo de 2012

Futuro.

El sol primaveral acariciaba con sus tenues rayos la mesa del restaurante donde estábamos comiendo, situados en una sala discreta y al albur de miradas no deseadas; compartía mesa y mantel con una persona maravillosa, generosa como pocas y a quien debo mucho.

La conversación giraba sobre temas ligeros y al mismo tiempo trascendentes: trabajo, familia, hijos, amigos comunes, tras lo cual, nos quedamos en silencio durante unos segundos que parecieron eternos; entonces ella me miró a los ojos y me dijo "Rafa, tengo miedo... el futuro me da miedo".

No es la primera persona, ni la única, que a lo largo de estos cinco meses que llevamos de 2012 me hace un comentario similar; vivimos en tiempos inciertos, de franca zozobra, en la que el futuro nos aterra, pero no por futuro sino por desconocido y porque intuimos que no nos depara nada bueno.

Y es que el hombre es animal de costumbres, adictos a las zonas de confort, de las cuales nos cuesta movernos y es por eso que somos generalmente reacios a los cambios -recordad el refrán "Más vale malo conocido que bueno por conocer"-; y nuestra mente, como mecanismo de defensa ante aquello que percibe como desconocido, activa aquella emoción a la que llamamos miedo.

El miedo es, en realidad, un mecanismo de defensa cuya función principal es la de preservar la supervivencia del individuo; nos hace más conservadores, más prudentes y hace que en general, en situaciones de estrés y riesgo optemos por las soluciones menos lesivas.

Afortunadamente hoy en día, las situaciones en las que el miedo actúa como moderador en situaciones de riesgo vital no se dan con mucha frecuencia; en cambio si se activan cuando hay un riesgo de cambio de ciclo vital, y es cuando nos vemos abocados a enfrentarnos con aquello que percibimos como desconocido.

Tener miedo es una emoción normal, compartida con otras especies de mamíferos superiores; y francamente, no creo que de los que dicen que no tienen miedo a nada realmente no conozcan esta emoción; en suma, no es malo tener miedo, pero es mucho mejor gestionar ese miedo.

Cabe decir que no veo al miedo como una emoción unitaria, sino que se podría diferenciar  en diferentes tipos de miedo: desde el miedo provocado por un cambio vital traumático, como el provocado por una pérdida de empleo, de status económico o social, de un ser querido -incluídos defunciones, separaciones y divorcios- y que podría superponerse a la sintomatología de un trastorno adaptativo por duelo, hasta los miedos debidos a inseguridades, ya sea profesionales o personales, y que en algunas ocasiones hacen que anticipemos un dolor que en muchas ocasiones no se llega a producir, y por ende imprimen a todos y cada uno de nuestros actos de una prudencia que, a veces, puede resultar excesiva.

De ahí que cuando pasamos por una situación en la que nos sentimos débiles busquemos en nuestro entorno a quien nos pueda aportar certidumbre dentro de la incertidumbre, a quien creamos que tiene "la visión de los mil metros", al decir de los Marines; en suma, a aquellos a quienes atribuimos la visión del futuro, que es lo que realmente nos produce inquietud por desconocido... y quizás ello explicaría también esta especie de "eclosión" de videntes, tarotistas y similares que ocupan espacios en prensa y TV, en un -vano- intento de anticipar lo que el futuro nos depara.

Nos olvidamos fácilmente que el segundo siguiente al presente ya es futuro, y que a pesar de todo, la vida continúa, y que en la mayoría de los casos, como adultos, hemos tomado el control de nuestras vidas y por tanto, hasta cierto punto podemos modelar nuestro futuro, tanto en positivo como en negativo, pues la suma de las decisiones que vamos tomando van a condicionar ese mismo futuro; olvidamos que muchas veces tenemos los resortes para cambiar esos condicionantes, y que a nuestro lado siempre hay quien puede ayudarnos a cambiar nuestro curso vital.

Olvidamos que fijarse metas está muy bien, siempre que seamos lo suficientemente flexibles y pacientes, pues no siempre la línea recta es también el camino más corto ni tampoco el más rápido para alcanzar aquello que queremos; os recuerdo que vivimos en un universo multidimensional que desde el punto de vista matemático es un universo no-euclidiano; olvidamos que las cosas no son blancas o negras, pueden tener como color distintivo una gama infinita de grises, aunque prefiero pensar que esos grises pueden ser en realidad los colores del arco iris; olvidamos que es muy importante aprender a relativizar, lo que nos dará una mejor visión de nuestro entorno y de nosotros mismos, pues muchas veces creemos vivir en el infierno cuando en realidad, a nuestro alrededor, florece la primavera.

También olvidamos que algunas veces no necesitamos fijarnos metas, sino dedicarnos a vivir sin fijar ninguna meta y disfrutar del día a día, que es algo que cada vez olvidamos más; nuestros hijos crecen y vemos como nuestras sienes poco a poco se tiñen de escarcha y cuando nos damos cuenta ya es tarde para lamentaciones.

Así que os invito a que gestionéis vuestros miedos, a que no anticipéis el dolor, a que estéis dispuestos a cometer errores y y a aprender de ellos; haceos más sabios, más fuertes, más libres y no temáis al rechazo.

Aprended a vivir.

viernes, 11 de mayo de 2012

Aventuras y desventuras de un papá informático en Perú.

En la segunda mitad de enero me tuve que desplazar por motivos profesionales a Perú; no puedo explicar mucho de lo que estuve haciendo por allí porque estoy sujeto a secreto, aunque si puedo decir que he aprendido mucho.

Pero hablar de mis actividades profesionales no es el foco de este post, sino explicar mi experiencia como padre de dos niñas de 9 y 7 años que quiere mantener el contacto con ellas a 6 husos horarios y 14.000 Km de distancia de ellas.

Unas semanas antes de partir estuve informándome de las condiciones de seguridad, estado de las telecomunicaciones y otros detalles que, aunque puedan parecer nimios, para mi eran de suma importancia.

La información que conseguí apuntaba a que existían redes GSM / 3G maduras, al menos en las grandes ciudades, y que las condiciones de seguridad -mejor dicho, inseguridad- aconsejaban que dejara mi LG Optimus 2X en España y que fuera con un teléfono GSM básico, un Siemens M55 libre del año 2006, con una SIM prepago, en este caso, de Orange y con la tarifa Mundo.

Puesto al habla con Orange a través de su teléfono de contacto 470, pedí información sobre si era posible llamar a España a un precio razonable con una tarjeta prepago y la respuesta fue afirmativa.

-"¿Seguro?" -pregunté.
-"Sí, sí." -me contestaron con entusiasmo.

Así que partí hacia Lima, vía París, con un terminal básico y una tarjeta prepago. Desde el aeropuerto Charles de Gaulle de París pude llamar a mis hijas, pero cuando aterricé en el aeropuerto de Lima, 11 horas después, no pude hacer ni una sola llamada más, teniendo suficiente saldo para hacerlo -más de 20€-, como pude comprobar más tarde vía web en el hotel.

Match point para Orange.

Tuve que activar el plan de contingencia A, que consistía en adquirir una SIM prepago de un operador móvil peruano y sustituir la SIM de Orange por la peruana.

Pregunté a mis colegas peruanos, y me explicaron que las operadores móviles dominantes en Perú eran Movistar y Claro; me recomendaron vivamente Claro, básicamente por el poco importante detalle de que las tarifas de Movistar Perú eran 3 veces más caras que las de Claro.

Pedí que al salir de la clínica me llevaran a un distribuidor de Claro, yendo a parar a la tienda que Claro tiene en el Ripley de la Avenida de Canadá, y allí pedí una SIM prepago, expliqué para qué la necesitaba y me dijeron que sí, que podría llamar a España a buen precio.

-"¿Seguro?" -pregunté, enarcando mis cejas.
-"Sí, sí." -me contestaron con entusiasmo.

Así que cargué el equivalente a 30€ de saldo, y me dispuse a realizar a la mañana siguiente, mediodía en España, la primera de las llamadas.

Como se puede comprobar, me asignaron una SIM con la Tarifa Juerga... :P

Las conversaciones con mis hijas suelen ser cortas, de entre 3 y 5 minutos diarios, pues ellas muchas veces no tienen grandes cosas que explicar y yo tampoco... es ahora que empezamos a hablar más tiempo.

El caso es que sólo pude realizar dos llamadas, a la tercera me dijo que ya no tenía saldo. Extrañado, acudí a un grifo -una gasolinera, en argot del Perú- y cargué el equivalente a 30€ más... con el mismo resultado: apenas 6 minutos de conversación y se acabó el saldo. 

Volví de nuevo al grifo, hice una nueva recarga de 30€, pero esta vez lo que tenía en mente era diferente.

Plan de contingencia B: VoIP, usar Skype a través de Internet Móvil para hacer llamadas a precio reducido, pero para ello me debía comprar un smartphone que tuviera soporte de Skype, y para mí la elección era clara: un smartphone Android, sistema operativo que conozco muy bien. 

Debo decir que la cobertura de datos en Perú es excelente y que en las grandes ciudades hay despliegue de 4G; yendo hacia los Andes, encontré que había una buena cobertura 2G/3G.

Acudí de nuevo a la tienda Claro de Ripley, pregunté por paquetes de datos prepago pero me dijeron que no existían, no obstante, el precio por mega, me aseguraron, era muy barato.

-"¿Seguro?" -pregunté, enarcando mis cejas aún más.
-"Sí, sí." -me contestaron con el mismo entusiasmo.

Los precios de smartphone en aquella tienda eran prohibitivos, por decirlo de una manera amable.

Ahora bien, ¿dónde encontrar un smartphone Android libre a un precio razonable? De nuevo pregunté a mis colegas, y la respuesta fue Polvos Rosados; así que fuimos hacia allí, y dentro de las múltiples tiendas que encontré de telefonía, encontré un Samsung Galaxy Mini, libre, de color blanco, y tras regatear un poco, conseguí el móvil, funda de silicona y protector de pantalla por un poco menos de 160€ al cambio.

Más contento que unas castañuelas, me dirigí de nuevo al hotel y cuando llegué a la habitación, me dispuse a descargar Skype -un paquete que pesa unos 8Mb- a través de 3G, pero no llegó a descargar ni el 70% del paquete, acabando el saldo... ¡Inaudito! No había hecho ni una sola llamada.

Plan de contingencia C: fiarme de mi instinto. Me fui a la web de Claro, donde claramente indicaban la existencia de un plan de datos prepago, y que lo podría contratar... con saldo, porque no se podía cargar a tarjeta de crédito o débito.

El plan elegido.

Acabé de descargar Skype a través de la wifi de la planta baja del hotel -el estado de las comunicaciones de este hotel merece no un post, sino mucho más, por lo deplorable- y la siguiente llamada ya la pude hacer por Skype, pero seguía con mi objetivo de conseguir el plan prepago; fui de nuevo al grifo, volví a cargar saldo, y esta vez sí, ya pude hacer llamadas vía Skype, e incluso, a través de una llamada Viber sobre 3G, sostener una conversación de 20 minutos con mi querida amiga Montse Carrasco en el día de su cumpleaños.

El paquete era de 700 Mb, y el día antes de partir, mi consumo había sido de...

Mi consumo de datos tras una semana de uso de Skype, Viber, Whatsapp, Twitter y Facebook.

Cuando vuelva a Perú, ya sé que debo cargar saldo en mi número de móvil peruano y contratar el paquete de datos prepago por la web; sé que aunque hay inseguridad, puedo llevar un smartphone, siempre y cuando controle que no en todas partes puedo usarlo, ni tampoco hacer ostentación del mismo.

Ahora ya sólo me tendré que preocupar de explicar a mis hijas, como hice en enero, que mientras yo desayunaba, ellas comían, y que cuando yo comía, a ellas les leían un cuento antes de dormir; que para mí era verano mientras ellas estaban en invierno y que cuando miraba al cielo por la noche, las estrellas eran diferentes; que existen peces que se llaman borrachitos y pintadillas; y sobre todo, lo mucho que las eché de menos.

Ahora ya sólo me tendré que preocupar de traerles otro par de ponchos de alpaca.

lunes, 30 de abril de 2012

Preguntas difíciles.

Uno de los estados más maravillosos que pueden existir es el de ser padre.

En mi caso, como padre divorciado de dos niñas de 9 y 7 años, estoy pasando por un momento en el que disfruto mucho con mis hijas, básicamente porque en el caso de la pequeña, ella ya empieza a mostrar curiosidad por su entorno y a articular preguntas engañosamente sencillas, y con la mayor, más madura, me muestra día sí y día también que es capaz de articular de un modo coherente cuestiones y reflexiones de madurez tal que corresponderían a niñas de mayor edad, o al menos eso pienso. 

Creo que no hace falta añadir que estoy muy orgulloso de las dos.

El caso es que hará un par de semanas, en el transcurso de mi visita semanal, fui a cenar solo con mi  hija mayor -porque la pequeña estaba de colonias-, y mientras daba cuenta de la cena, de repente, paró de comer en seco, me miró fijamente, y sin ningún tipo de preámbulo me preguntó:

-Papá, ¿qué es ser lesbiana?

Intenté no hacerme el sorprendido y le pregunté:

-¿Dónde has oído esta palabra?
-La he leído en un cuento
-¿Lo leías sola?
-No, estaba con mamá.
-¿Le preguntaste?
-Sí
-¿Y qué te dijo? -pensé que debía conocer que había dicho mi ex, no fuera que metiera la pata.
-No me acuerdo.
-¡Vaya!

En este punto llega el momento de la verdad: probablemente no quedó satisfecha con la respuesta que le dio la madre; ella estaba buscando respuestas alternativas, así que antes de que buscara en otras fuentes que quizás pudieran no ser muy confiables, había que darle una información completa sobre el tema y satisfacer su curiosidad.

Cabe decir que, como criterio de actuación, cuando mis hijas me hacen una pregunta siempre contesto, y contesto ahondando en la raíz y en el porqué de las cosas: las cosas nunca son porque sí, siempre hay un origen y una razón, y si se conocen desde buen principio es más fácil su comprensión por parte de un tercero, y más si éste es un niño. 

Por otro lado, aunque hay quien considera que tengo "super-conocimientos" -que no es así, soy una persona normal- , éstos no sirven de nada si no soy capaz de adaptar mi discurso a las características y conocimientos de mi interlocutor, y en especial, buscar los puntos de coincidencia lingüística para mantener una conversación de adultos con el lenguaje de un niño; para acabar, recordar que los niños no son tontos, pero sí niños: despiertos, inteligentes, ávidos de aprender y de saber.

Así que le expliqué a mi hija, durante unos minutos, qué era ser lesbiana, las diferencias entre hetero y homosexuales, recalcando que esta condición no era mala, le hablé de identidad sexual y terminé hablándole muy por encima sobre la raíz etimológica del término.

Durante mi explicación, ella permaneció en silencio, atendiendo a mis palabras. Cuando acabé de hablar, le pregunté si lo había entendido y me dijo que sí. Le pregunté si quería hacerme alguna pregunta sobre este tema y me dijo que no, y añadió que le había gustado cómo se lo había explicado yo.

Ahora ella ya ha adquirido criterio y le será más fácil discernir entre el mito y la realidad.